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Las polémicas razones de un premio

Las polémicas razones de un premio

Una pregunta flota en el ambiente: ¿Debía haber recibido Luis Sexto el Premio Nacional de Periodismo de Cuba?

Por Jorge Garrido

Luis Sexto es un periodista extemporáneo. Algunos lo acusan de ser un periodista fino, inefable, examinador.   Es una contradicción: un extemporáneo en forma y un contemporáneo en saber palpar como pocos los peligros y urgencias del momento que vive el país. El Premio Nacional de Periodismo de Cuba no solo premia a una persona sino que está respaldando una tendencia.  Es una suerte que hayan decidido subrayar este tipo de actitud en los medios cubanos. Lo primero que debemos esclarecer es que hay una equivocación esencial sobre la crítica en Cuba. Toda sociedad necesita ejercer la crítica para desarrollarse.  

Es un premio polémico, nadie lo duda.

Para algunos puede resultar un premio controvertido. O un atrevimiento del jurado. Para otros es un acto de justicia y un respaldo al periodismo crítico, enjuiciador, responsable, pero aún silencioso y escaso en Cuba.

La pregunta flota en el ambiente.

¿Debía haber recibido Luis Sexto el Premio Nacional de Periodismo de Cuba? Algunos aún se deben estar oponiendo. Otros deben estar disfrutando como si fuera suya la distinción concedida por mayoría y mediante evidente debate interno por un ilustre jurado de 15 miembros.

 

Luis Sexto es un periodista extemporáneo. Es lo primero que tenemos que decir. Algunos lo acusan de ser un periodista fino, inefable, examinador.

A simple vista, es fácil advertir su extemporaneidad. Su envoltura es de otra época. ¿Cuál? No sé, es materia confusa. Aguas, tendencias y escuelas mezcladas.  

Luis, como le llaman sus amigos en intimidad, va más allá de modismos y circunstancias. Para ser más claro: él no sabe de estas cosas. A veces me parece que tiene un sentido distinto del tiempo y que quizás nunca advierte estas fronteras espaciales y temporales en las que vivimos. Sin darse cuenta vive como un clásico extraviado en una estación equivocada.

 

Es una paradoja: un extemporáneo en forma y métodos de vida y un contemporáneo en saber palpar como pocos los peligros y urgencias del momento que vive.

Aparentemente no tiene nada que ver con nuestra época ni tiene qué hacer entre nosotros.  Ni en cómo viste, habla, escribe, piensa, sueña, ama, sonríe. Conversa corrientemente como si estuviera encaramado en un púlpito y como si debiera decir siempre cosas trascendentales que no se podrán repetir nunca. Vive cada día como si fuera el último de su vida.

Hay cierta emergencia incomprensible en su marcha.

 

Luis Sexto parece respirar otro tiempo y a la vez disolverse entre nosotros como un hermoso extraño, con una decencia especial y otras maneras, formas y valores que por alguna razón empiezan a escasear en Cuba después de haberse sembrado con mucho esfuerzo y responsabilidad durante varias décadas. La mala hierba no solo invade los campos de la Isla.

 

Sexto es un periodista raro, podemos decir metafóricamente, raro y bondadoso, regala cordialidad a cada paso, y casi al mismo tiempo es el periodista que aborda con más atrevimiento y conceptualidad los problemas claves de la sociedad cubana de hoy. Sin importarle si va a ser entendido, respetado o respaldado. Está muy seguro de lo que dice y sigue adelante escuchando no siempre aplausos sino muchas veces reproches y hasta amenazas.

Hasta los amigos llegan a aconsejarle que abandone su terquedad y escriba sobre inocentes cotidianidades y libros de poesía.

Una amiga lo llamó hace unas semanas después de leer uno de sus filosos artículos.

–Luis, te van a cortar la lengua si sigues escribiendo cosas así –le advirtió.

 

¿Quién?, le pregunté. ¿Quién, Luis, tienes deseos de cortarte la lengua? No sé, me dijo sin moverse, es solo una metáfora de mi amiga, no te preocupes.

Sin embargo, personas de mucha autoridad, respetables y responsables en este país le han manifestado en privado o mediante mensajes que siga escribiendo y diciendo las cosas que dice.

 

Yo sigo esa delgada línea, imperceptible, entre los que me advierten que no escriba más lo que estoy escribiendo y los que me alientan a seguir adelante, me dijo. Sabes qué, agregó, tengo un secreto. Su mayor respaldo no está en las autoridades del país, que nunca, al parecer, le han negado su simpatía, sino en el flujo de cartas de sus lectores que lo animan a seguir adelante. A veces me quedo pensativo, confiesa, pero esas letras llegadas de cualquier parte de la Isla, hasta del Cabo de San Antonio, o del extranjero incluso, me despabilan y me dan fuerzas. Algunas están llenas de emoción, otras me insultan. También de Miami recibo abundante correspondencia a favor y en contra.

 

He escuchado los criterios más opuestos y matizados acerca de lo que él escribe y de las razones de este premio que le acaban de otorgar.

¿Por qué sucede esto hoy?

 

Se trata, en primer lugar, de un Premio que despierta sospechas, preocupaciones. Quizás, ronchas.

Y es natural: el Premio Nacional de Periodismo de Cuba no solo premia a una persona, y a la obra de toda su vida, como rezan sus estatutos, sino que está respaldando, eligiendo, una tendencia, una escuela, una posición ante el periodismo y ante la sociedad cubana actual.

Y se pueden premiar actitudes diferentes. Incluso plausibles actitudes.

 

Por ejemplo, se puede distinguir a un buen periodista, excelente, ameno, inteligente, profundo, de buena prosa. Hay muchos en la Isla. A veces uno se sorprende de un periodismo original, peleador, desconocido, que se hace en el interior del país en medio de tan magras condiciones de trabajo.

Pero el jurado del Premio Nacional José Martí decidió, por mayoría, y hasta donde sabemos, tras una ardua discusión muy constructiva y profunda, que era necesario, y justo, premiar a un tipo de periodismo, aunque hubiera otros periodismos loables que premiar.

¿Qué periodismo?

 

El periodismo analítico, crítico, que enjuicia, expone valores, conciencia, preocupaciones. Abre caminos, esclarece. Y es además un periodismo responsable, valiente, porque a muchos –quizás a nadie–, no les gusta que los critiquen y les señalen los defectos en público.

 

Ese fue el periodismo que decidió distinguir el jurado presidido por Juan Marrero, un experimentado profesional, junto a  otras ilustres personas de la prensa.

Una sola frase de este tribunal indica lo acertado de su decisión y la inevitable discusión que sostuvieron: “Muchos otros méritos y servicios al periodismo revolucionario podríamos señalarle a este singular cronista y articulista, de estilo depurado, de juicios filosos, polémicos en no pocas ocasiones, pero que ha ayudado a sembrar conocimientos y conciencias, a desarrollar el pensamiento e identidad nacionales”.

 

Y pensamos que es una suerte que hayan decidido respaldar este tipo de actitud y tendencia en los medios cubanos.

Pero, nos preguntamos, ¿por qué Luis Sexto es un crítico solitario? O casi solitario, porque hay otros profesionales, pocos en verdad, que también ejercen la crítica, como el inclaudicable  Pepe Alejandro Rodríguez en Juventud Rebelde.

Lo primero que debemos subrayar es que hay una equivocación esencial sobre la crítica en Cuba. Por más que acudamos al pensamiento martiano de que ese acto es una obra de juicio, valor, razón, se ha ido deformando el concepto y se ha llegado a un punto en que se identifica la crítica como el ataque, la usurpación, el intrusismo, la mala intención y hasta “la acción del enemigo”.

 

Hay personas muy honestas que piensan que la crítica no debiera emplearse en el socialismo, y menos bajo el bloqueo hostil. Es como darle armas al enemigo, arguyen. Es decir que solo debemos hablar de victorias, éxitos, cumplimientos, sobrecumplimientos, hazañas, en una isla bloqueada por un poderoso contrario. Y que señalar errores y deficiencias en público es propio solamente de los que se oponen al socialismo en Cuba.

Otros prefieren y entienden que lo correcto es esperar que los más altos dirigentes señalen los problemas que puedan existir en la sociedad de hoy. Solo ellos están autorizados, piensan algunos.

 

Ese concepto ha sido el escudo de tantos defectos y el argumento preferido de los incompetentes.

Tamaño error. Toda sociedad necesita ejercer la crítica para desarrollarse, ventilar sus problemas, aguijonear la marcha, descubrir sus defectos esenciales y no esenciales. Buscar soluciones. La crítica debe ser obra de todos.

 

Es por ese concepto equivocado que Luis Sexto y otros pocos colegas, se quedan en abrumadora soledad y pasan a ser una suerte de extraños.

Lo más importante es entender que crítica es juicio, valoración, razonamiento, profundidad, secuencia de análisis de elementos, debate, opinión, responsabilidad y no señalamiento hostil.  Y tampoco embestida despiadada y mucho menos un asunto de dilucidación personal.

 

Pero también expresar opiniones valorativas y no concordantes es criterio de una persona, y no significa que oficialmente se asuma esa posición, ni que se oficialice esa opinión, y que debe haber espacio para los enfoques individuales siempre que se realicen con responsabilidad, empleo de datos sólidos y fuentes seguras, profundidad y conciencia de causa.

Y también debe haber espacio para el debate y la réplica.

Una sociedad no debe ser un largo soliloquio. Estaría muerta, detenida, inactiva, y aunque parezca que se desarrolla en realidad no se mueve.

Otro problema flota.  

 

Algunas personas dicen que no alcanzan a comprender totalmente los artículos y comentarios de Luis Sexto. Que da mucha vuelta al expresar sus ideas. Esta opinión puede ser sincera, entendible. Si no entiendes no entiendes. Aunque parece que la gran mayoría entiende y parece también que los 15 jurados  entienden perfectamente a este premiado al igual que las docenas de periodistas que se han adelantado a saludarlo en cuanto se enteraron del premio.  Pero siempre habría que preguntarse si estamos hablando de forma o de contenido. A qué nos referimos y qué nos preocupa realmente en todo esto.

 

La extemporaneidad de este profesional toca otras zonas más complejas. Para decirlo claramente: se está escribiendo muy mal en Cuba. Quiero decir, el periodismo, dejemos la literatura a un lado, por el momento. Abunda el ejercicio profesional plagado de un mal esencial: el periodismo oficioso. Quiere decir complaciente, servicial, solícito. El que toca solo la superficie de los hechos. Ese periodismo no lo lee nadie más que cuatro o cinco involucrados directamente en el hecho reportado en cuestión.

 

Abrimos las páginas de nuestros medios y solo advertimos la descripción de eventos, record, asambleas. Es más importante anunciar los que presidieron las reuniones, el día que se celebró, el lugar, la cantidad de asistentes, que lo que verdaderamente se discutió. Y su trascendencia, implicación, valor público y notorio, y su efecto social palpable.

Es admirable cómo algunos reportes de prensa se las arreglan para no decir absolutamente nada que despierte interés y haber ocupado un espacio importante, a veces prominente.  Qué técnica más inútil. ¿Para quiénes escriben? ¿Para fantasmas?

 

Ese paisaje desconcertante descrito a veces por los medios no es verdaderamente la sociedad y el país en que vivimos. Debajo está la sociedad profunda, esencial, real, peleando duramente por desarrollar el país, que no decaiga, que se levante una y otra vez, y enfrente sus dificultades y eventuales o estructurales deficiencias.

 

Habría que preguntarse: ¿quiénes quieren esquivar este otro tipo de periodismo lúcido, desnudo, examinador? Lo peor es que casi siempre consiguen echarlo a un lado. O peor: ignorarlo aunque se manifieste.

 

Ahora rememoro: vi por primera vez a Luis Sexto hace 30 años cruzando a toda carrera la redacción de un diario que empezaba a editarse en Cuba. Hervía con una noticia fresca en las manos y corría a la máquina de escribir para teclearla.  Pocos advertían la frescura y el atrevimiento con que se estaba escribiendo en las páginas de ese periódico casi inédito y tampoco advertían que se estaban abordando los problemas de la sociedad cubana con nuevos enfoques y de una forma más transparente y novedosa.

 

Recuerdo que surgieron enseguida los opositores a ese tipo de periodismo, como recuerdo igualmente que las máximas autoridades políticas respaldaban de alguna manera y mediante sus mecanismos persuasivos la labor que se estaba realizando.

 

Pero llegado un momento teníamos tantos oponentes como simpatizantes. Sentíamos un muro de contención muy grande. A veces nos descorazonábamos.

Eran los finales de los años 70 y comienzos de los 80. El diario era Trabajadores  y se había congregado en ese rotativo, en ese momento, por una suerte de magia y determinadas circunstancias coincidentes, un selecto grupo de buenos periodistas, algunos aún en formación apasionada, con talento e ímpetu, que habían advertido que allí se podía escribir de otra manera y empezaban a moverse discretamente hacia aquel medio y comenzaban a “dejar caer” sus materiales filosos y “refrescantes”.

 

Más de una vez recibimos contraataques severos y más de una vez encontramos hombros que nos defendieron a punto de la liquidación final.

Más de uno de aquellos periodistas de entonces tienen hoy el Premio Nacional de Periodismo y otras distinciones.

Sexto estaba en el centro de aquella ebullición. Con unos pocos años más que nosotros era la punta de la vanguardia. Ya por entonces empezamos a llamarlo en silencio y sin que él lo advirtiera: maestro.

 

Llevaba entonces la misma calvicie de ahora y rondaba los 30 años, nadie recuerda haberlo visto alguna vez con cabellos en su cabeza. Alguien asegura que nunca gozó de ese esplendor. Era el mismo de hoy, pero más impetuoso, radical. Le quemaban en las manos los temas sobre los que se le ocurría escribir. No había paz en su vida, por eso ha logrado dominar con tanta habilidad el oficio. Tenía un defecto: era drástico, vehemente, fustigante, tajante. No admitía medias tintas ni mediocridades. Creo que exageraba.

 

Sexto estaba en el centro del debate de ese nuevo diario que hervía cada día con materiales polémicos y que apenas empezaba a ser advertido. Ningún escrito atacó el socialismo cubano ni los principios de una Revolución. Más bien era lo que se defendía sin tregua pero de otra forma y con argumentos más sugestivos.

Recuerdo que sacábamos una página cultural completa diaria, algo que aún es improbable en la prensa cubana, y los nuevos críticos de arte y literatura comenzaban a pedir un espacio en nuestras páginas. También rememoro unas palabras dulces y aprobatorias de Fina García Marruz, junto a Cintio Vitier, por el trabajo que es estaba realizando.

 

Por otra parte, muchos funcionarios empezaban a temerle a ese diario insólito y muchas veces escaseaba  incomprensiblemente el papel para tirarlo y otros recursos mínimos para hacer un periódico. Trabajábamos en los pasillos de los restos de un viejo edificio víctima de un incendio donde antes se hacía el periodico El Mundo. Parecía un diario ambulante.

 

Algunos compañeros con determinadas responsabilidades, honesta pero equivocadamente, pensaban que un periódico así no debía seguir saliendo en Cuba, y más de una vez estuvimos a punto de zozobrar. Alguna mano nos salvaba a última hora. Gracias también a contar con una defensora del periodismo veraz, dinámico, profundo, frente a todos los avatares: Magali García Moré, la directora. Nunca se dejó aplastar.

A ese tipo de periodismo contribuyó decididamente Luis Sexto y otros periodistas que hoy son estrellas en el diario Juventud Rebelde, Prensa Latina, Granma, en el propio Trabajadores, y en otros medios. Fue una escuela de buen periodismo.

Ese fue la actitud que sembró el profesional que hoy ha recibido la distinción de la Unión de Periodistas de Cuba.

Es cierto lo que le señalan. A veces el lenguaje que emplea navega por otros  rumbos que no son los acostumbrados en los medios cubanos. Y algunos llegan a decir que no lo entienden.

Aquí se presentan dos situaciones que contribuyen a crear esa idea.

 

Primero, la crítica en Cuba, como señalamos, es una rareza. Incluso realizar lo que Martí llamo El ejercicio del criterio. Abunda el triunfalismo, la superficialidad, la escasez de contenido y de datos explicativos, sólidos. La penuria de evidencias.  Más el poco atractivo lenguaje, la depuración de imágenes y frases. Y la carencia de imaginación. Un buen menú para que el periodismo no sea leído.

Aclaramos que no todo es así ni siempre es así. Hay ejemplos meritorios.

 

Para eludir estas rarezas del periodismo analítico y selectivo, Sexto, como lo tienen que hacer otros, bordea las circunstancias, recrea el estilo, evita las frases directas.  Acude a la elegancia de la forma. A veces tiene que dar vueltas sobre una misma tesis aproximándose lentamente para no provocar tempestades.

Para que los enemigos del “buen periodismo” no salten ante los hechos.

Otro problema que se expresa está en el mismo estilo.

 

Sexto es uno de esos profesionales que han trabajado en todos los tipos de medio. Fue efectivo lo mismo en un periódico que en una agencia de prensa, una revista, una emisora radial o un sitio digital. No olvidar que es uno de los casi fundadores de nuestra revista digital Cubanow. Escribe con regularidad en esta publicación desde hace cinco años.

 

También ha experimentado en todos los géneros periodísticos, desde el despacho noticioso hasta el comentario más fundamentado, pasando por la crítica literaria, la entrevista, el reportaje. Es un maestro en la crónica. Pero donde alcanza mayor altura es en los llamados “géneros de opinión”. Quizás, también, porque escasean en Cuba.

 

Sin embargo, el estilo de Sexto está a medio camino entre el periodismo y la literatura. Más aún, entre la poesía y el ensayo literario. Porque es poeta, además, y tiene varios libros publicados en ese género. Con todo ese andamiaje que lleva en su estirpe viviente como un buen fardo a cuestas Luis ha conformado su propio estilo. Y estilo no es hojarasca cuando se hace bien, sino originalidad y personalidad literaria.

 

Esos dos elementos confluyen para que sea incomprendido por algunos. Sin  embargo, vimos que en el momento que cuando anunciaron su premio fue asaltado por estudiantes de periodismo y exalumnos. Los noveles periodistas lo abrumaban y todos quisieron entrevistarlo. Los jóvenes se robaron a Sexto aquella tarde en que Juan Marrero daba a conocer el veredicto del jurado, y no lo dejaban terminar de leer el acta y antes que dijera quién era el premiado fue descubierto en medio de grandes ovaciones. Luego sería arrastrado para Juventud Rebelde, el diario donde escribe semanalmente, y por donde fue propuesto para la distinción.

Aún sus amigos beben en su nombre y quedan muchos festejos pendientes.

 

Los bisoños periodistas, lo comprenden, admiran, y disfrutan su lectura.

Lo principal es que ha triunfado el mejor de los periodismos. El que necesitamos con más claridad, hondura y regularidad en la Cuba de hoy. Por encima de prejuicios y limitaciones.

 

Quizás se está acabando el tiempo para seguir llamando sinceras a las equivocaciones sobre estos conceptos inaplazables de la crítica.

El país urge no solo de unidad. La de todos, esa gran preocupación que tuvimos siempre y de “cerrar filas ante el enemigo”.  Indispensable para nuestra Isla asediada.

 

Más tenemos otras urgencias esenciales.

El país demanda examen, debate, juicio, reconsideraciones sobre lo que funciona mal y sigue funcionando mal ante nuestro asombro.  

El debate y la exposición no deber ser quedarse en la superficie de los hechos sino adentrarse en la profundidad de las estructuras.

Estructuras fallidas y anacrónicas que debemos modificar a tiempo antes que sea tarde.

El veredicto del jurado del Premio Nacional de Periodismo José Martí, de Cuba, es una buena señal. Una preocupación en ese sentido de nuestra intelectualidad más comprometida.

 

El gran pensador y héroe de la independencia de Cuba nos sigue espoleando más de un siglo después.

 

 

*El autor pertenece al staff de Cubanow.

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