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CATÁSTROFES. NI TAN INESPERADAS, NI TAN INEVITABLES

CATÁSTROFES. NI TAN INESPERADAS, NI TAN INEVITABLES

Por Luis Felipe Sexto  

Transcurría un día apacible del año 27 de nuestra era.  Más de 50 000   personas confluían para observar el espectáculo que tendría lugar en el nuevo anfiteatro de Fidias. Se trataba de un combate entre gladiadores. El anfiteatro, un enorme edificio de madera, parecía majestuoso y eterno.  La gente aglomerada  esperaba ansiosa.  ¡Por fin el comienzo!  El viejo ritual etrusco, que los romanos copiaron, se iniciaba.  La exaltación, los gritos, la emotividad, impidieron que el desplazamiento se advirtiera.  Un segundo después, era inevitable la pérdida de estabilidad del edificio: se vino abajo y sepultó a cientos de personas.  Al decir del historiador Cornelio Tácito “la catástrofe inesperada tuvo más víctimas que una guerra sangrienta”.  El Senado Romano concluyó que las causas del desastre se debieron al incumplimiento de las leyes de construcción y la insuficiente investigación de la fiabilidad del suelo.  

No han sido pocos los hechos de semejante naturaleza que ha sufrido la humanidad.  Por el contrario, han sucedido de manera continua, incluso hasta hoy día.  ¿Las razones? Muy variadas.  Pero un número importante de fallas catastróficas  — en obras hechas por el hombre— ocurrió por la falta de previsión, la irresponsabilidad y los errores de diseño.  No se trata de culpar a los proyectistas o ingenieros desconocedores, en su época, de las leyes que regían la dinámica de los sistemas; sino de alertar sobre aquellos que conociendo dichas leyes no fueron o no son consecuentes con ellas, ya sea por subestimación o falta de dominio. Y es que en ambos casos da igual, pues tanto social como profesionalmente cualquiera de las dos manifestaciones son inadmisibles y casi siempre cuestan vidas y daños materiales severos.  Ejemplos existen varios. 

En marzo de 1938, inesperadamente se derrumbó el puente soldado sobre el canal Alberto en Bélgica.  También, el 7 de noviembre de 1940 se destruyó espectacularmente el puente del estrecho de Tacoma en Estados Unidos.  Y en 1962 cayó el puente Real en Melbourne, Australia.  Las investigaciones arrojaron, en los tres hechos, que el origen de las catástrofes residía en  errores de proyección. Especial significación tuvo el desastre del puente de Tacoma. Este caso trascendió por su carácter sui generis, al ser considerada la mayor calamidad en la historia de la construcción de puentes en Estados Unidos. Tuvo el privilegio de que se filmara su destrucción y la suerte de no provocar víctimas humanas.  El puente, recién construido, presentaba mucha sensibilidad al viento que al batirlo producía  vibraciones con amplitudes de hasta un metro y medio (¡!). 

Calculado para una carga estática generada por un empuje de 180 Km/h, el Tacoma comenzó a sufrir oscilaciones de flexión y torsión de inusitada amplitud, cuando el viento mantenía una velocidad promedio de sólo 70 km/h.  Después de vibrar durante una hora, se deshizo, ahogándose así,  en el mismo año de su fabricación el tercer puente mayor de la época. ¿Pero cuál podría ser la razón, si la velocidad del viento constituía  solamente el 40% de lo que, por diseño, soportaba? Sencillamente, todo ocurrió por haberse omitido el necesario cálculo que prevé la resistencia al influjo de fuerzas variables.   

En efecto, impredecibles daños provocan los errores de cálculo.  Pero el resultado podría ser muchas veces más nefasto, si a ellos se les unen las insuficiencias en la explotación.  Nunca se insistirá demasiado en la importancia que tiene el mantenimiento y la correcta operación en el uso y la seguridad de las obras civiles e industriales. En nuestros tiempos de avance impetuoso de la ciencia y la tecnología, de la era nuclear, de la conquista del cosmos, un error de diseño o explotación podría significar una catástrofe con mayúsculas, implicando incluso al medio ambiente.  Algo así ya vivió el mundo en la madrugada del 26 de abril de 1986, cuando se averió seriamente el bloque energético número cuatro de la Central Electronuclear de Chernobil, Ucrania.  La explosión ocurrió a la una y veintitrés  minutos de la madrugada. Con anterioridad se habían producido desperfectos que requerían detener el reactor, pero nadie tomó esa decisión.  Indagaciones posteriores determinaron que la causa inmediata del accidente radicó en el incorrecto trabajo del personal de Operaciones.

Sin embargo, las causas de fondo y definitivas fueron las serias insuficiencias en el diseño. La potencia del reactor resultó ser en la práctica muy superior a lo previsto. El mayor accidente ocurrido en una electronuclear causó graves daños a la población y al medio ambiente, y fue necesario poner en juego millonarios recursos para controlar la energía desbordada. Los resultados de la investigación manifestaron que el desastre resultó consecuencia de errores de concepción, explotación y construcción. Los reactores de la planta de Chernobil no cumplían ni siquiera con las normas de seguridad existentes en el país.  Todo dependía de la estricta observancia de los parámetros de operación y mantenimiento.  Pero indudablemente, no es posible estar de acuerdo en asumir un riesgo semejante cuando las consecuencias de un fallo pudieran ser devastadoras.  

El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger estalló con siete astronautas a bordo al minuto de haber despegado. ¿La causa inmediata? El recalentamiento en unas juntas de gomas que portaban los cohetes auxiliares. Estas se incendiaron y la llama atravesó el tanque de combustible. El accidente silenció los vuelos espaciales norteamericanos por dos años. Este accidente sobresale por ser el fracaso más dramático de  la Agencia Espacial de Estados Unidos (NASA) y de su programa.

Sin embargo, otra desgracia análoga ocurrió recientemente, el primero de febrero del 2003, cuando el transbordador espacial Columbia se desintegró con sus siete tripulantes unos minutos antes de aterrizar en Cabo Cañaveral. La NASA había considerado retirar del servicio al Columbia, en el 2001. Decidió mantenerlo en activo para cumplir con su programa de misiones. Este transbordador era el más viejo de la flota y ya había sufrido varios problemas de ingeniería. Está vez la NASA anunció que el Programa Espacial no se interrumpiría (¿?).

La plataforma petrolera más grande del mundo yace hundida a más de 1 340 metros bajo la superficie del mar. El suceso aconteció el 20 de marzo de 2001 a 126 kilómetros de la costa de Macaé, Brasil. Tres explosiones ocurrieron antes que la P-36 perdiera la estabilidad y 350 millones de dólares fueran a parar al fondo marino. El desastre ocasionó la muerte violenta de diez trabajadores y el derrame de cerca de 93 000 galones de aceite.  Aproximadamente 175 personas se encontraban en la plataforma en el momento del accidente, siendo evacuados antes que desapareciera.  La gran obra ingeniera, propiedad de PETROBRAS, falló y se hundió debido a errores de diseño. Se concibieron depósitos de combustible en los pilotes de sustentación. Al explotar uno de estos se desencadenó, como reacción, una secuencia de errores humanos, que finalmente condujeron a la pérdida irreversible de una obra gigantesca que no merecía ese final y solo alcanzó a producir utilidades durante un año.  

Con lo expuesto no se agota el tema ni mucho menos, pero se deja ver con transparencia que el proyectista, el  ingeniero, el investigador, el mantenedor, el prevencionista, además de su misión técnica o científica tienen una elevada responsabilidad social. Y es precisamente en nombre de ella por lo que se debe ser amigo de las fechas, de los cumplimientos, del compromiso, pero mucho más de la  verdad científica y del rigor profesional. El mantenedor resulta una pieza clave por estar justo en la primera línea de combate frente a la ocurrencia de averías catastróficas y, sobre todo, para evitar su ocurrencia.  

El hombre de mantenimiento tiene sobre sí una pesada responsabilidad al tener que responder no sólo por la explotación sostenible de las instalaciones, sino también por la seguridad. La valoración de los riesgos, los planes de contingencia y la innovación no les son ajenos.  Por tal razón se precisa, hoy más que nunca, convertir el conocimiento en tecnología. Y la tecnología en resultado tangible de calidad.  Mantener es conservar. Salvaguardar las instalaciones, el ambiente y al propio hombre. La dimensión del concepto se ha extendido.  Y con esto las exigencias.  

La serie de ejemplos descrita revela que las catástrofes no fueron tan inesperadas ni tan inevitables como parecían. Ejemplos nefastos de gran impacto siguen ocurriendo. Tal es el caso de La catástrofe ecológica provocada por el hundimiento del petrolero Prestige en las costas de Galicia, ocurrida en noviembre del 2002. Semejantes acontecimientos no pueden apreciarse como hechos aislados, independientes de sus autores. En todos los casos, encaja perfectamente la sentencia del filósofo  que alude a que “el hombre es la medida de todas las cosas” o, al menos, de las cosas que hace, de las buenas y de las malas. 

 

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